Authorlaura

Maneras de migrar, maneras de ver

Hace dos años y medio emigré a Inglaterra en búsqueda de oportunidades y retos. Me fui cansada de la política de este país, cansada de trabajos precarios que no me aportaban nada y del pesimismo generalizado que se respiraba cada día. Me fui porque sentí que mi país me echaba. Allí esperaba encontrarme con el ‘mundo avanzado’, las cosas bien hechas y buenos trabajos. La realidad fue distinta y el camino mucho más complicado.

Llegué con dos maletas, dos noches de hotel y un inglés macarrónico. Encontré un trabajo de camarera, pero lo dejé porque no me querían pagar. Luego encontré otro trabajo y me apunté a clases de inglés. Poco a poco fui progresando, pero cada día era un reto: infórmate de cómo conseguir un piso sin que estafen, explícale al médico que te duele la barriga, cambia el contrato del gas, y ya no te cuento nada del entérate de cuáles son tus derechos en el nuevo país. Te sientes como una pequeña hormiguita caminando entre gigantes, y de vez en cuando eres tratada como una ciudadana de segunda. A eso se le suma que no tienes amistades ni familia, por lo que a menudo la soledad se hace difícil de llevar, y echas mucho de menos tu ciudad, tu comida, tus rincones, tu sol. Es durillo, pero al final gané una experiencia y algunas amistades con las que pasé muy buenos momentos; sin embargo, cuando vi el momento oportuno para volver, volví. No soy un caso excepcional sino otro que se suma a millones de personas que han tomado esta decisión desde el inicio de la crisis en los países del sur de Europa.

Por otro lado, sé que este es un tipo de migración pseudo-forzada bastante privilegiada. Sólo con el DNI crucé la frontera, gocé de sanidad pública y permiso de trabajo, estaba a muy pocas horas de vuelo de mi casa y si hubiera estado en apuros siempre tenía la opción de pedir dinero a familiares/amigos o de regresar a Barcelona.

Existen otras personas que migran por causas bastante más agravadas que la mía. Emigran porque su país directamente está en guerra, porque no tienen trabajo, porque no tiene nada que llevarse a la boca y porque no aguanta ver como sus seres queridos mueren sin poder hacer nada al respeto. Su alternativa son los países de Europa, y a pesar de que éstos no les dejan entrar fácilmente estas personas se lo juegan todo, incluyendo la vida. Cruzan el mar en una balsa, se meten en los trenes de aterrizaje de aviones y saltan vallas muy peligrosas. También se sienten solas, tienen miedo, echan de menos a sus familias, sus amigos, su comida y sus rincones. A menudo tampoco entienden el idioma del país al que llegan y les cuesta mucho buscarse la vida. Son situaciones increíblemente duras. Eso ya sin entrar en las condiciones de trabajo a las que se enfrentan, además de sufrir la violación sistemática de sus derechos como humanos.

Si además esas personas acaban llegando a un país como España se encontrarán que por mar les dispararán pelotas de goma para que no lleguen a la costa, que no podrán ser atendidos por la ‘sanidad pública’, que aquellas pocas organizaciones que les dan apoyo serán atacadas por grupos de ultra-derecha y que para el colmo se convertirán en una ‘amenaza’ anunciada en la portada de uno de los grande periódicos de este país.

¿Estamos locos?

Haz el ejercicio de tocar a la persona que está a tu lado con los ojos cerrados. Verás que tendrás la misma sensación que con cualquier otra persona del mundo. Un corazón que late, sonido de respiración, un cuerpo caliente, y sangre roja ¿Qué hace una vida más valiosa que otra? ¿Porqué unos inmigrantes se comprenden / respetan y otros no?

Las fronteras establecidas por un pequeño grupo de personajes históricos determinaron y determinan qué vidas merecen ser vividas dignamente, con quién podemos o no ser solidarios y cuáles son las máximas aspiraciones a las que puedes llegar a nivel individual.

La sociedad es responsable de lo que sucede o no en sus territorios. Lo que consumes, lo que votas y lo que predicas tiene consecuencias en muchas partes del mundo. Lo que está pasando en España con los inmigrantes africanos es  repulsivo, indignante y de una hipocresía digna de medalla de oro. Si no te lo crees mira el gráfico de abajo en el último año.

Como cooperativa que trabajamos con personas en África, como inmigrante retornada, y como seres humanos no nos queda otra que manifestar hasta la saciedad el rechazo absoluto hacia estos individuos deshumanizados y con complejo de dioses que juzgan, dictaminan y atacan las vidas de estas personas que buscan una oportunidad. A todos ellos les invito a que, como dijo el consejero catalán Francesc Xavier Mena, cojan el primer vuelo a Londres y se vayan a servir cafés, hagan un pequeño tast de las implicaciones de migrar, y por favor, no vuelvan.

Sin título1Fuente: La Marea (Periodismo versus inmigración). Datos extraídos del INE.

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